Es imposible no decir que David se sintió aliviado en cuanto Rodolphus desapareció de la vista y ellos retomaron la marcha. Ahora se encontraba bajo la protección de la profesora, lo cual tendría que haberlo tranquilizado. Pero por alguna razón, David notaba un gran vacío en el estómago; le pareció captar rasgos de furia, alivio y temor a la ves en la cara de Mirtha.
Durante cinco minutos enteros pensó en la posibilidad de hacer aquella pregunta que tanto lo inquietaba. ¿Cómo había llegado ella ahí? ¿Por qué? David la había visto observando el lugar exacto en donde había estado aquel ciervo plateado, en los bordes del bosque… pero, ¿era ese motivo para que se internase en el Bosque Prohibido?

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Al asegurarse de que aquel hombre encapuchado no podía verlo, David se atrevió a entrar en el claro. Desde allí podía ver la escena con lujo de detalles. Había una persona en el otro extremo, vestida de la misma forma extraña. Sin duda estaba buscando algo, porque David pudo oír sus palabras.
― Rodolphus, no está aquí.
Ahora que observaba con más atención, David se percató de que aquella segunda figura encapuchada apuntaba con la varita hacia el suelo, haciendo que la tierra se esparciera, como si esperara encontrar algo enterrado allí.

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La mañana se mostraba clara y despejada, aunque el clima frío aún se hacía sentir en la época invernal. David despertó y se sentó en la cama. Tan pronto lo hizo, recordó todo lo que había sucedido el día anterior. Su pelea con Frederic aún estaba reproduciéndose en su mente cuando Charlie dio un fuerte ronquido, y Frank, que dormía en la cama siguiente, despertó bruscamente.
― Hola -le dijo Frank, que también recordaba el episodio.
― Hola.

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La capa aún permanecía guardada junto a las pertenencias de David, bien al fondo de su baúl, por lo que era casi imposible encontrarla. Y por suerte, nadie lo hizo.

Aquella oscura mañana, dos semanas después de la visita de Harry a Hogwarts, el chico llegaba tarde al desayuno. Con la túnica puesta a medias salió de la Sala Común de Gryffindor y mientras trotaba, vio cuadros que hablaban entre ellos preocupadamente. No había nadie en los pasillos.
El día era gris y la negra masa de nubes que se cernía sobre el horizonte anunciaba un torrencial. Los terrenos se veían tristes y monótonos desde las ventanas del castillo.

Cuando estuvo cerca del Gran Comedor pensó que el desayuno ya había pasado: no se escuchaba una sola voz. Y cuando entró, intuyó que algo malo pasaba.
Todos los estudiantes estaban callados, o murmurando por lo bajo. La mayoría de ellos tenía una copia de El Profeta en sus manos, y los que no, se acoplaban a los demás.

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La intriga y la curiosidad le ganaron de nuevo durante una fría tarde del enero invernal. David se encontró leyendo el Libro de G. G. en la Sala Común, lenta pero atentamente ante la mirada de sus amigos. Era un ejemplar muy extraño, les decía. Había hechizos que la última vez no estaban ahí, y algunos habían desaparecido.
La cantidad de encantamientos y maleficios era sorprendente. Prácticamente todas las páginas albergaban uno o dos (excluyendo las hojas que contenían extraños símbolos). Y no sólo eso, sino que había hechizos para casi cualquier cosa. Si David hubiese sabido lo que quería, habría actuado igual que cuando descubrió Timoris Revelio (no se olvidaba que el libro se abrió sólo en aquella página). Pero esta vez no estaba interesado en alguno en especial, así que se limitó a pasar las desgastadas pero fuertes hojas con su mano derecha.
Sus ojos se detuvieron (casi involuntariamente) en un conjuro un tanto extraño.
― Confundus Maxima… ¿a alguien le suena?

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Capítulo 16: Enigma

17 enero, 2008

Después del inesperado desenlace del duelo, los ánimos de Nicholas se calmaron un poco, aunque seguía demostrando antipatía.
La estancia de David en Hogwarts se volvió más tranquila. Los estudiantes asistieron al partido de Quidditch que disputaron Gryffindor y Ravenclaw, cuyo abultado resultado, sumado a una inesperada derrota de Slytherin frente a Hufflepuff, había dejado puntera a la casa de David. Esto fue motivo de celebración y los miembros de aquella casa montaron una fiesta (obviamente no permitida) en la Sala Común.

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Como era de esperarse, David no tardó en contarle a sus amigos sobre el preciado libro. Les describió los hechizos que allí había leído, y, como a él, el que más les llamó la atención fue Timoris Revelio. Pensaron que era perfecto para usarlo con Nicholas, así que esperaron el momento oportuno para hacerlo.

Un día cerca del fin del otoño, durante sus ratos libres, salieron a los terrenos del colegio. David, Charlie, Frederic, Frank y Silvia fingían una conversación, pero estaban esperando que Nicholas viniera a molestarlos. David suponía cuanto más cerca estuviera su objetivo, más nítida era la imagen del miedo. Y, por otro lado, quería que su movimiento no fuera sospechado, o de nada serviría.
Así, se pasaron un largo rato mientras duraba la espera. No se habían dado cuenta del hermoso día que era, a pesar de la época del año, y pronto les entraron ganas de correr por los terrenos.
Finalmente la inconfundible cara del Slytherin se asomó por la puerta junto a Thomas Goyle, un corpulento estudiante de quinto año. Al pasar junto a la animada reunión no pudo evitar irrumpir, así que fue quien habló, asegurándose de no ocultar el gran físico de su acompañante.
― ¿Que hacen aquí cuatro varones hablando con una cuasi-mujer?
El comentario sin duda ofendió a Silvia, pero era la oportunidad esperada. Todos elevaron sus varitas, amenazantes, pero sabiendo que no tenían que hacer nada.
― Timoris Revelio -susurró David.

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