Capítulo 18: Fotografía

17 septiembre, 2008

La casa de los Potter seguía siendo tan acogedora como la última vez que David había estado allí. De hecho, casi ninguna de las habitaciones había cambiado. La única diferencia que se podía notar a simple vista eran los bonitos y elegantes sillones que habían sido colocados en la sala de estar, en torno a una mesa de baja estatura, donde David imaginó que el matrimonio Potter debía de tomar café, té, o donde simplemente se sentaban a conversar cuando encontraban algún tiempo.
David fue recibido con la excelente hospitalidad de siempre. Ginny fue la primera en saludarlo, con un beso en cada mejilla. James, por su parte, le dio un fuerte apretón de manos mientras dibujaba en sus labios una cordial sonrisa. Lily, la menor de los hermanos, repitió el gesto de su madre. Lee el resto de esta entrada »

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Cuando llegó la segunda veintena de diciembre, en Hogwarts ya no se respiraba aquel aire de nerviosismo y agitación que reinó en el castillo mientras los exámenes, que ya habían pasado, exigían estudio y más estudio. A David le había ido generalmente bien, aunque quizás debiera haber estudiado un poco más para Historia de la Magia. Silvia, como era de esperarse, había respondido todas las preguntas correctamente. Charlie, por su parte, tuvo algunas dificultades, aunque estaba muy confiado de aprobar. Frank prácticamente no hablaba del tema, pero todos supusieron que no le debía de haber ido para nada mal.

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Capítulo 16: Culpa

29 agosto, 2008

La idea de utilizar a Egbert como medio para descubrir las intenciones de Adelbert no le cerraba muy bien a David, quien, sin embargo, no tuvo más remedio que aceptarla e intentar buscarle el lado positivo. Pero era muy difícil encontrarlo. No le costó mucho ponerse en el lugar de Egbert: si a él lo usasen para descubrir las verdades de Grindelwald, siendo su biznieto, no se sentiría para nada contento.
― Supongo que no hay otra posibilidad -sentenció David, y se llamó al silencio.

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― ¿El libro de G. G.? -preguntó con incredulidad David. Silvia estaba equivocada, él no había olvidado por completo aquel libro tan misterioso. Pero prefería no volver a abrirlo, no después de lo ocurrido con Mirtha y sus cómplices -. ¿Estás segura de que no estás loca?
― ¡Hablo enserio, David! -se quejó Silvia. Su semblante denotaba una clara seriedad en sus palabras, por lo que no hacía falta aclarar ese punto-. Mira, ¿quieres saber más sobre Grindelwald o no?
― Sí… supongo.
― En ese caso, creo que no tenemos más remedio, excepto arrodillarnos frente a la bibliotecaria y rogarle que nos permita acceder a la Sección Prohibida.
― No es una mala idea…
― Ni lo pienses, es imposible. Si hace eso y la descubren, puede olvidarse de seguir trabajando en Hogwarts.
― ¿Por qué? ¿Sólo por dejar que unos alumnos busquen información?
― No se trata de buscar información, David. Estamos queriendo entrar a un área restringida, ¿entiendes? Se supone que no debemos tener acceso a los escritos que hay allí. Al menos no por ahora.
― Bueno, supongo que no queda más remedio que recurrir al libro de G. G.
― Me temo que no.
En aquel instante, cuando por fin habían podido consensuar sus opiniones, ambos percibieron el inoportuno sonido de unos apurados pasos, que parecían dirigirse hacia donde ellos estaban.
― ¡Vámonos! -exclamó, aterrada, Silvia.
― ¿Por qué? ¡No estamos haciendo nada malo! -se opuso David.
― ¡Te digo que nos vayamos! No quiero meterme en problemas.
― ¡Que no estamos haciendo nada malo!

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Les nervios de David se tensaron al máximo, y su respiración comenzó a ser entrecortada. ¿Cómo iba a salir de esa situación? No se creía capaz de esquivar a Adelbert negando algo que su profesor ya había confirmado; porque, si había formulado la pregunta tan firmemente, era porque Adelbert sabía con exactitud que David había metido mano donde no debería haberlo hecho.

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La gran mayoría de los alumnos de Gryffindor interesados en formar parte del equipo de Quidditch de ese año se encontraba sobre la superficie del campo de juego, esperando su turno. Al parecer las audiciones acababan de comenzar, pues apenas unos pocos estudiantes se habían retirado hacia un costado, con cara de desilusión. El resto de los presentes, aquellos que habían ido a presenciar la selección del equipo, se encontraban cómodamente ubicados en las gradas, desde donde podían disfrutar de un completo panorama de lo que sucedía.

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― ¿Cómo que quiso matarlo? -preguntó Silvia, atónita-. ¿Por qué motivo?
Frank y Charlie sostenían a David por los brazos, pues éste no parecía dispuesto a sostenerse en pie por voluntad propia. Pasaron unos segundos antes de que pudiera recuperar la compostura. Puso una mano en su pecho y, con su respiración agitada como decoración, se dispuso a hablar.

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